Hace poco fui invitado a una reunión.
Eventualmente algunos pasabocas eran ofrecidos, estos incluian una amplia variedad de quesos, jamones, trozos de cerdo, galletas y frutas. Escrupulosamente yo seleccionaba las frutas y me rehusaba a tomar el “pasabocas” completo.
Pasado un rato, alguna de las personas con las cuales conversaba me preguntó acerca de mi extraño comportamiento. “No como ni carnes ni lacteos“, contesté, a lo cual el respondió en un tono cálido: “que raro eres Andrés!“. Yo sonreí y seguimos hablando de otra cosa.
Que raro soy, es verdad.
Que raro es no ingerir el cuerpo desmembrado de un animal, su sangre, sus venas, sus músculos.
Que raro es no considerar las secreciones de otro animal y sus productos derivados, como el queso, como una opción en mi dieta.
Que raro es no levantarme cada mañana y considerar freir un óvulo no fertilizado, parte del ciclo menstrual de un ave, como parte de mi desayuno.
Que raro es, en un mundo como este, considerar inútil la explotación y sufrimiento de otro animal para satisfacer mis sentidos.