Fuente: http://www.equanimal.org/articulos/los-animales-y-nosotros-nuestra-hipocresia.html
¿Poseen realmente los grandes simios, los delfines, los loros y quizás incluso los animales usados como alimento, ciertas características cognitivas que hagan posible otorgarles mayor consideración moral y protección legal?
Esta es la opinión mantenida en un considerable número de ensayos aparecidos últimamente. La idea central tras esta iniciativa es que debemos reconsiderar nuestra relación con los no-humanos si descubrimos que son inteligentes, auto-conscientes, o poseedores de emociones. En la medida en que las mentes de los no-humanos son como las nuestras, continúa el argumento, ellos tienen intereses similares a los nuestros y por tanto tienen derecho a una mayor protección. Este enfoque de las “similitudes cognitivas” ha generado toda una industria de etólogos cognitivos deseosos de investigar (a menudo e irónicamente a través de diversos tipos de experimentos con animales) hasta qué punto ellos son como nosotros.
Es asombroso ver como, 150 años después de Darwin, nos sorprenda tanto que otros animales puedan poseer algunas características que se consideraban exclusivamente humanas. La proposición de que los humanos poseen características mentales totalmente ausentes en los no-humanos es inconsistente con la teoría de la evolución. Darwin mantuvo que no existen tales características exclusivamente humanas y que únicamente existían diferencias cuantitativas y no cualitativas entre las mentes de los humanos y las de los no-humanos. Darwin argumentó que los no-humanos pueden pensar y razonar, y que poseen muchos de los atributos emocionales que ostentan los humanos.
Lo que resulta más preocupante sobre el enfoque de las similitudes cognitivas son sus implicaciones para la teoría moral. Aunque aparenta ser progresista al indicar que realmente estamos evolucionando en nuestra relación moral con otras especies, este enfoque lo que hace en realidad es reforzar el mismo paradigma que ha dado como resultado la exclusión de los no-humanos de nuestra comunidad moral. Históricamente hemos justificado la explotación a la que sometemos a los no-humanos en base a la existencia de una distinción cualitativa entre humanos y otros animales: estos últimos puede que sean capaces de sentir, pero no son inteligentes, racionales, emocionales o auto-conscientes.
Aunque el enfoque de las similitudes cognitivas sostiene que, empíricamente, hemos podido estar equivocados en el pasado y que, al menos algunos no-humanos puede que posean algunas de estas características, no se cuestiona el supuesto subyacente de que para poseer relevancia moral son necesarias otras características aparte de la capacidad para sentir.
Líneas arbitrarias
Cualquier intento de justificar nuestra explotación de los no-humanos basándonos en la ausencia de características “humanas” en los animales, incurre en una petición de principio al asumir que ciertas características son especiales y justifican un trato diferencial. Incluso si, por ejemplo, los humanos son los únicos animales que pueden reconocerse a sí mismos en un espejo o comunicarse a través de un lenguaje simbólico, ningún humano es capaz de volar, o de respirar bajo el agua sin ayuda. ¿Qué es lo que hace que la habilidad para reconocerse a sí mismo en un espejo o para usar un lenguaje simbólico sea más importante en un sentido moral que la habilidad para volar o para respirar bajo el agua? La respuesta, por supuesto, es que eso lo decimos nosotros y va en nuestro interés que se diga así.
Aparte de nuestro propio interés, no existe razón para concluir que aquellas características consideradas exclusivamente humanas tengan algún valor que nos permita utilizarlas como justificación no arbitraria de nuestra explotación a los no-humanos. Además, incluso si todos los animales no-humanos careciesen de una característica determinada más allá de la capacidad para sentir, o poseyesen esa característica en menor grado que los humanos, tal diferencia no podría justificar la explotación de los no-humanos por los humanos.
Las diferencias entre humanos y otros animales pueden ser relevantes para otros propósitos. Ninguna persona sensata defiende que los animales no humanos deban conducir coches, votar o ir a la universidad, pero tales diferencias no guardan relación con la cuestión de si debemos comer a otros animales o usarlos en experimentos. Aceptamos esta conclusión cuando de humanos se trata. Cualquier característica que identifiquemos como exclusivamente humana será poseída en menor grado por algunos humanos y estará completamente ausente en otros. Algunos humanos tendrán la misma carencia que atribuimos a los no-humanos, y aunque esta carencia puede ser relevante para algunos propósitos, no lo es sin embargo para el propósito de esclavizar a tales humanos.
Pensemos, por ejemplo, en la autoconciencia. Cualquier ser sintiente debe tener algún nivel de autoconciencia. Ser sintiente significa ser un tipo de ser que reconoce que es uno mismo, y no algún otro, el que esta experimentando dolor o angustia. Incluso si, arbitrariamente, definimos autoconciencia de una manera exclusivamente humana, como por ejemplo, ser capaz de pensar sobre el pensamiento, muchos humanos, incluyendo aquellos con discapacidad mental severa, carecen de ese tipo de consciencia. De nuevo, puede que esta “deficiencia” sea relevante para algunas cuestiones, pero no nos da derecho a usar a tales seres humanos en dolorosos experimentos biomédicos o como donantes forzados. Al final, la única diferencia entre humanos y no-humanos es la especie, y la especie, al igual que la raza, el sexo o la orientación sexual, no constituye ninguna justificación para la explotación del otro.
Es por esto que el enfoque de las similitudes cognitivas se equivoca, y sólo creará nuevas jerarquías especistas, en las que colocaremos en un grupo de preferencia a algunos no-humanos como los grandes simios y delfines y continuaremos tratando a los otros como cosas carentes de intereses moralmente significativos.
Si, por el contrario, queremos pensar de una manera seria en la relación entre humanos y no-humanos, tendremos que centrarnos en una, y sólo una, característica: la capacidad para sentir. Lo que resulta irónico es que solemos afirmar que nos tomamos el sufrimiento de los no-humanos seriamente. La sociedad afirma de una manera prácticamente unánime que es moralmente erróneo infligir sufrimiento o muerte innecesaria a los no-humanos. Para que semejante prohibición tenga algún sentido debe excluir el sufrimiento causado a los no-humanos por razones de placer, entretenimiento o conveniencia.
El problema es que aunque expresamos nuestro rechazo al sufrimiento innecesario de los no-humanos, la mayor parte del sufrimiento y muerte causado a los no-humanos se justifica únicamente por razones de placer, diversión o conveniencia, y no puede, por ningún medio, ser caracterizada como “necesaria”. Anualmente matamos a billones de animales para utilizarlos como alimento. No es necesario, en absoluto, comer carne o cualquier otro producto de origen animal. De hecho, un número cada vez mayor de profesionales de la salud mantiene que esta alimentación puede ir en detrimento de la salud humana. Además, científicos medioambientales han señalado las tremendas ineficiencias y costes que la ganadería supone para nuestro planeta. En cualquier caso, la única justificación que tenemos para infligir dolor, sufrimiento muerte a estos animales es el disfrute que nos produce el sabor de su carne.
Y no es en modo alguno necesario utilizar a no-humanos en deportes, caza, entretenimiento o testado de productos, y existe una evidencia considerable de que puede ser incluso contraproducente confiar en modelos de experimentación y testado de fármacos que utilicen animales.
Resumiendo, en lo que se refiere a nuestro trato a los no-humanos, mostramos lo que se puede denominar como esquizofrenia moral. Decimos una cosa sobre cómo deberían ser tratados, pero hacemos otra completamente diferente. Por supuesto, somos conscientes de que carecemos de un enfoque satisfactorio sobre el asunto de nuestra manera de relacionarnos con ellos, y, desde hace ya algún tiempo hemos estado tratando de encontrar un enfoque apropiado.
Si nos tomásemos en serio el principio de que es incorrecto infligir sufrimiento innecesario a los no-humanos, detendríamos completamente la cría de animales domésticos para su utilización, y nuestro reconocimiento del estatus moral de los animales no dependería de si un loro puede aprender matemáticas o de si un perro pueda reconocerse en el espejo. Nos tomaríamos en serio lo que Jeremy Bentham dijo hace 200 años: “La cuestión no es si pueden razonar, ni si pueden hablar, sino ¿pueden sufrir?”